Mirada deprimida

mirada deprimida

No era que no funcionasen sus ojos; su vista, a pesar de su edad, estaba intacta. Menuda maldición para él… vió tanto y tan malo, que a menudo, sus ojos le suplicaban una tregua. Cuando esto ocurría, los cerraba minutos, dependiendo de la carga, incluso horas. Pero a veces le vencía la curiosidad, ¿lo habría visto todo?… como siempre, salía escaldado. Entonces comenzó a taparlos, pero quedaban rendijas por donde sospechaba… y sus ojos ya no pedían socorro, le chillaban del dolor. No aguantaba más, así que fue a por una cuchara, y mucha, mucha gasa.

Amigo del viento

luna lampara

En un día gris, me hice amigo del viento.
Le susurré un mensaje para la Luna;
que se viniera cerca, y luciera como nunca.
Así que, esta noche nos alumbra
mientras él, silva una canción de cuna.

Borrado infedinido

sombrero mágico

Tan falso era, que cada día se difuminaba un poco. Día tras día, terminó volviéndose invisible y desesperado acudió a un mago. Sin éste poder ayudarle demasiado, le proporcionó un gorro encantado, para que al vestirlo, intuyeran su presencia. Pero era demasiado tarde, la gente sólo percibía un sombrero flotando.

La neutralidad, te hace cómplice

adelantalfuego

Tú, de favor fácil y bondad por protocolo, acostumbras a maquillar la conciencia lanzando limosnas de tus sobras, por donde pisan tus mocasines impolutos, sin ni siquiera mirar a los ojos, ni de entender las miradas.
En la necesidad extrema; espectador de piernas cruzadas, miras cómo éste adelanta al fuego, o cómo aquel enfrenta las corrientes de los ríos locos… cómo dan de sí por otros, más que cosas, la vida en actos.

Alergia al tacto

alergia

Sarpullidos en su cara pelada, helada. Y apareció él, hecho para abrazarla, sin consecuencias en la piel, sin robarla el aire; y así descubrió el tacto que estremece, y los latidos que producen eco dentro.

Entender o no entender, no importa esa cuestión

mundos de yupi

Razón, que aplicas al ego; del Yo, al mí, y para lo mío.
Un laberinto que termina donde empieza; un bucle de individualismo.
Qué enfermedad social tan grave, cada uno atrapado consigo.

Y qué más da la capacidad para comprender o creer que se comprende…
si la vida se adapta a sus invitados con laberintos de nivel personalizado,
Qué más da… si aunque rices el rizo, el resultado será el mismo,
y vivir creyendo saber algo, es vivir engañado.

Vidas pomposas o sencillas, vidas “exitosas”, vidas trágicas…
qué más da si la vida rima en asonante o consonante… si es un soneto,
si son versos libres… qué más da si es prosa, o si no es nada.
Si le quitas el adorno, al final del camino, el asunto… es el mismo.

Qué más da… si tu bolígrafo, extensión de tí, fiel escudero y conector de mundos,
se estropea en la batalla… y aunque tenga arreglo, lo abandonas sin miramientos
para reemplazarlo por un mercenario que escupe tinta, y que finge comprenderte…
claro que no, no porta tu sangre en su mina.
¿Quién creará ahora con ríos de tinta, las palabras que al nacer estremecían el papel?

Amadas las cosas y cosificadas las personas, deformados y manipulados los sentimientos e incomprendidas las palabras de peso… no hay que esperar al apocalipsis. El mundo, como cada uno de nosotros, muere cada día un poco.

Puso andamios hasta el cielo

andamios

Cada noche, miraba las estrellas,
y en su anhelo, amanecía construyendo.
Cada día, levantaba un piso más,
para ver con detalle el firmamento,
y soñar mirando al inmenso techo.

Pasando los días y los años…
y cumpliendo casi un siglo, a su ritmo,
seguía alzando su objetivo.

Murío mirando las estrellas,
sentado en su andamio,
sintiendo las nubes
bajo sus pies descalzos.

Matiz irrelevante

matices

No tenía problemas para llenar su cama, cualquiera que fuera el día. Pero jamás, nadie, llenó su corazón.

El corazón no es como un vaso, donde el punto de vista del contenido es discutible según el observador. Si el corazón no está lleno, toda valoración añadida tiene el mismo peso; cero.

Tropezar hasta la muerte

laberinto

Usó tanto sus alas, que cuando ya no pudo batirlas y le tocó caminar, tropezaba constantemente; y al caer, se abrieron heridas en sus piernas atrofiadas, que nunca cicatrizaron.

La sensibilidad del fuego

introvertido

Consciente de sí mismo, se protegía pasando desapercibido. A veces, involuntariamente, despertaba misterio, y por ello algunos le decían “sé tu mismo”, y al confiar, y al serlo, aquellos, se alejaban espantados. Su forma de ser era el mejor detector de hipócritas.