Lágrimas de fuego

a la hoguera

Ella, soñando, le roció el corazón con gasolina y encendió la cerilla; él, a su lado y abrazándola, no sabía que también estaba dentro, que ardía en un escenario paralelo… ni mucho menos sospechaba que ella estaría expectante en su butaca preferente, un trono de oro negro que levitaba sobre el suelo.

Era el peor de los infiernos, mientras le consumían las llamas (intención de quien amaba), las cenizas se las llevaba el viento para que jamás pudiera recomponerse, ni siquiera, con el más excepcional de los actos de pundonor.

Sabiéndolo, solo pudo llorar lágrimas de fuego, que al mezclarse con el aire, borraron el lienzo, y entonces, ella comenzó un sueño nuevo.

Oído absoluto

absoluto oído

Una de las habilidades de quienes poseen oído absoluto, es la de identificar las notas de los sonidos ambientales. Él, aún estaba en el vientre materno, y ya escuchaba notas musicales en los latidos del corazón anfitrión, y en las caricias y los besos externos, de un padre que moría de ganas de conocerle.

Un cielo irrepetible

sinfonía

Sin ideas para sorprenderla, salió a despejarse, y en su paseo, ascendió aquel montículo de tierra que por un momento le convirtió en director sinfónico. Entonces alzó los brazos, e improvisó un cielo irrepetible para ella.

Bailaba con el mar

bañaba el alma

Pisaba el mar, y éste se ponía contento. Cuando ella se deshacía de sus chanclas e iniciaba la danza, él relajaba su oleaje para no pisarla, y al ritmo de ese corazón alegre, agradecido por su compañía, la bañaba el alma para curar sus heridas.

Identidad “descosificada”

descosificar identidad

Acostumbraban a clasificarse unos a otros, por los estereotipos de moda.
Él no encajaba en ninguno, y como consecuencia, y sin adornos que dieran pistas, su rostro resultaba ilegible. Y en la soledad que no se elige, ignoraba que siempre existe la excepción, y que algún día, aparecería una mirada de verdad que por fin podría verle.

El porqué del infinito

luz velocidad

Superó la velocidad de la luz para ser capaz de recorrer cada rincón existente, y en su viaje, se detuvo al encontrarla; justo al final del infinito, donde sólo ellos dos habían sido capaces de llegar.

Allí no había nada más, pero finalmente estaba todo; y el uno con el otro, decidieron crear para viajar de la mano.

El camino

Desde la lejanía, mirando al horizonte, encontró su lugar finito; su destino.
Emprendió un camino que se antojaba largo, y después de media vida caminando, y ya cerca, se topó con una montaña cuya altura no abarcaba con la mirada.
Con los ojos inundados, pensó en la retirada… pero recordó aquella puesta de sol donde vislumbró el lugar al que pertenecía y entonces comenzó el ascenso, descansando sólo, cuando las piernas le fallaban.
Las nubes escondían la cima… no sospechaba el fin, hasta que de repente un día con la nubosidad del cielo como alfombra, alcanzó el techo, y con medio obstáculo salvado, consciente de la empresa conseguida, se arrodilló satisfecho, recuperando el aliento. De alegría, golpeó el suelo con su puño castigado de haber trepado. El suelo empezó a temblar, y mientras él observaba lo que ocurría, la montaña se venía abajo. Cuando se dió cuenta, su sitio, quedaba al lado.

Autoayuda

Días de insomnio… las consultas a la almohada son complicadas. No obtengo respuesta… menuda pérdida de tiempo.
Por fin la mente en silencio, aunque aún sin sueño… pero relajado, estoy satisfecho.
De repente vibro por dentro, y me miro fuera de mí, y en ese doblez nocturno, tumbado y consciente, atiendo a mi otro yo, que sentado en el borde de la cama, acude a responderme lo que la almohada no puede.

Los susurros de los árboles testigo

Aquella hoja amaba y era amada por la rama a la que estaba unida. Hojas de árboles vecinos, le contaron, entre brisas y risas, que nada era para siempre, que no fuera inocente; sabiondas desengañadas que nunca fueron amadas, y sólo conocían a las de su especie. Pero ella, hoja perenne, se sentía diferente.
Hoja y rama aguantaron rachas de viento fuerte, mientras sus vecinas eran abandonadas a su suerte, por su ramas de amores débiles. Y las nuevas vecinas que surgían en las primaveras, para mantener una unión con fecha de caducidad, escuchaban las historias y leyendas de la hoja y la rama, y un amor que duraba.
Cuando el árbol en el que habitaban murió, permanecieron juntas, como siempre, y demostraron que hay amores eternos, cuando paseas por el bosque y los sonidos portan las palabras de los árboles que fueron testigo.

En el punto de mira

Él, escondido, eligió el arma del cobarde, y yo, sin saberlo, continúo tan normal, ignorando que por un momento, soy el centro de su universo; el universo de un francotirador que se dispone a hacer diana, con sus proyectiles, palabras de plomo, que perforan la carne y estallan el alma.

Todo un espectáculo, para él, que desde la distancia, mira con la empatía estirpada.