Él barría las calles

Cada día tenía un comienzo similar, pero desde aquel entonces, nunca el mismo final. Acudía a su taquilla para preparar la jornada laboral, y una vez uniformado con su herramienta en mano, comenzaba el recorrido diario.

Pocos se cruzan a diario con tanta gente y pasan tan desapercibidos (como si ese uniforme fuera de camuflaje urbanita).

Al principio se limitaba a hacer su trabajo, pero pronto se topó con la monotonía, casi siempre las mismas caras, que nunca le veían.
Jugaba al “quien es quien”, imaginando las vidas ajenas; un pasatiempo a base de prejuicios puramente ociosos e inocentes… del que pronto, igualmente se aburrió.

Seamos honestos, hoy en día no hay tanta variedad en la forma de ser; personalidades clónicas de moldes y patrones baremados, y como complemento etiquetas… frente a una autenticidad extinta. Incluso físicamente, a veces, se perciben parecidos razonables, distorsiones, versiones y “otras casualidades”.

Y abandonado el juego ajeno, y volviendo a la monotonia más densa, siguieron los días y decidió jugar consigo, buscando preguntas de respuesta incómoda, complicada o imposible, para transcribir los intentos al llegar a casa. Así se descubría, y descubriéndose, encontró romanticismo y emoción en lugares de los que antes huía… ahora era un privilegiado, cuidaba la piel de pieles; él barría las calles, conocía sus lunares.

Elegía sus momentos de trabajo presente y ausente¹, para viajar a donde se conocía verdaderamente (como siempre, nadie notaba su presencia/ausencia), y allí surtía el alma de las necesidades que el otro mundo ignoraba. Allí sentía tanto poder, tantas posibilidades…
Aún habiéndose descubierto, de alguna manera, quedaba algún rincón donde los silencios hacían eco, pero un día, en su burbuja, en ese mundo que creía sólo suyo, vislumbró fugazmente una presencia que se le acercaba; acto seguido sufrió un fuerte impacto en la cabeza… ¿Qué fue aquello?

El golpe le sacó de su burbuja, y tomando los segundos necesarios para centrar la mirada, la vió doliéndose y mirándole también; habían chocado en un mundo de ambos para ambos, y al encontrarse, los silencios que quedaban, se volvieron melodía.

¹ “Modo ausente”: Forma de actuar automática, con la consciencia mínima necesaria, para ejecutar acciones monótonas, cuando no existe el mínimo estímulo de arraigo a la realidad en la que se desarrollan dichas acciones.

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