El maniquí sensible

Un día, un anciano, solo, cansado y satisfecho de lo vivido, se quedó observando un escaparate, con su mirada enfocada en el rostro de un maniquí. El anciano, le preguntó si quería vivir, segundos después, se hizo el silencio… su corazón dejó de latir.

Al atardecer, lo ojos del maniquí percibieron el colorido del cielo ardiendo con los últimos rayos del sol, y con esa emoción, se encendió la chispa. Emprendió la fuga al mundo exterior.

Pronto comprendió que a veces la vida duele… y tanto le dolió que creyó no estar preparado, que estaba mejor imitando la vida humana en una vitrina… tanto fue el dolor, que buscó un lugar alto para deshacerse del regalo del anciano, y simplemente volver a vestir en vano.

Aparentemente un mono

un dios

Había una vez un mono escurridizo, que rara vez se dejaba ver.
Entre quienes pudieron verlo, había todo tipo de intenciones; algunos quisieron enjaularlo para hacer comercio, otros, le quisieron como mero juguete, también hubo quien quiso dañarlo por extraña e incomprensible diversión, y los menos, pretendieron un acercamiento puro, conocerlo.
Y la gente, con la ignorancia de la que dotan los prejuicios, en casi todos los casos, lo consideró inferior.
Nada más lejos, no era un mono, sino un dios, que en esa época, se camuflaba en la forma material oportuna, para continuar escudriñando las imperfecciones de su creación, y la próxima vez hacerlo mejor.

Extintor de nieblas

extintor nieblas

Estaban desesperados por la invasión de la niebla, parecía permanente e inmutable… apenas les permitía verse entre ellos, incluso en las distancias cortas.
Entonces apareció él, con su gabardina sucia y su mochila rota.
Los lugareños, intrigados, distinguían las manchas de la gabardina desde la distancia, prácticamente era lo único que veían. ¿Quién sería?
Y mientras curiosos se iban acercando al hombre, él, en su pausa, intuía el corrillo.
Abrió la mochila, y como si de un potente aspirador se tratase, recogió dentro la niebla.
Cuando por fin pudieron ver el Sol y fueron a agradecerle, ya no había nadie.

Presente

reloj interno

Me preguntas ‘qué hora es’, y me toco el pecho, yo que vengo de lejos, te digo; es la hora del ahora. Tú me pides que sea concreto, y yo te insisto en que soy exacto, que los latidos no mienten. Te enseño mi reloj interno, y demuestro que luce, y entiendes que eternamente marca el momento en punto.

La gallina de los huevos de oro

huevos de oro

No sabía de que la servía poner brillantes huevos que ignoraban vida; ni tener alas que no la permitían la huída de quienes la codiciaban y la pretendían. Alas de pega, para deprimirla, y ella soñando que sólo eran alas torpes, que con perseverancia se volverían fuertes, y llegaría el día de levantar el vuelo hacia donde no le recordasen continuamente sobre sus “valiosos” huevos de oro inertes.

Escalera engañosa

torre engañosa

La finura de su estructura, y el bamboleo que en ella provoca el viento, llevan a creer equivocadamente que es endeble.
Nada más lejos, esa escalera lleva allí siglos, siendo única testigo de las hazañas de los valientes que traparon sus peldaños, de los cuales no se conoce regreso.
Hay quien dice que cada peldaño subido es un punto de vista que completa al anterior, que quien comienza a subirla, queda atrapado en el hambre de curiosidad de ver más de lo que en el momento se es capaz.
Otros dicen, que el peldaño número 29.789 es el lugar óptimo para ver la puesta del sol, mirándolo a los ojos, sin perder la visión. Y que desde ese mismo peldaño, en una ocasión, alguien que osó trepar caída la noche, pudo apreciar las pecas de la luna llena. Se llegó a escuchar que esa misma persona ascendió hasta el punto donde desaparece el vértigo, dejando las estrellas a sus pies.

Quiso retroceder en el tiempo

detener el tiempo

Pensaba en dar marcha atrás en el tiempo, como quien borra lápiz con una goma, y un usurero, le vendió un reloj para ello. Pero en realidad era una trampa para robarle el aliento. Cuando fijó el momento al que quería volver, su mundo se detuvo para siempre, con la última ilusión de volver a donde todo podía ser aún.

Oscuridad inocua

oscuridad inocua

Su oscuridad no era de temer, era el resultado de perder la mayoría de su luz por alumbrar a quien lo necesitó. Su energía seguía siendo de naturaleza armónica; únicamente, que al no lucir, no resultaba evidente.

No, no escribía para ella

no escribia para ella

Demasiado hablaba consigo ya, tanto que en ocasiones se empalagaba. Escribía para dejar constancia, aunque fuera minúscula, de que anduvo por aquí, y que, de paso por la vida, cuestionó el camino desde el origen hasta el fin, se cuestionó a sí misma; lo cuestionó todo, hasta las ganas de seguir… Pero sobre todo, escribía para dejar constancia, de que después de ese escepticismo radical, encontró una respuesta universal, una llave maestra y un combustible infinito; el amor que nacido de dentro, se mezcla con otro. Era su pequeño legado para el mundo.

Portadores de luz

portador de luz

Quien porta la luz debe ser el osado que enfrente la oscuridad, a fin de dotar de la opción que ilumina, a los rincones más inhóspitos. Y la oscuridad, que se propaga a velocidad de vértigo, festeja la extinción de los corazones nobles; pero una nueva generación brota, de semilla incandescente, y aires puros y leales. Tiemblan las sombras, el ruido y el negro indefinido.